Por fin dejarán de ahumarnos en los bares
Monday, 21 de December de 2009 – 23H32 por KevinMi madre sabe que odio el tabaco, y que si puedo evitarlo, lo evito. Sólo voy a comer con ella si vamos a sitios donde no se pueda fumar (si no, no voy, directamente). Y como de estos sitios en Barcelona hay pocos, y los pocos que hay no sé dónde están, acabamos comiendo en el Quick de Plaça d’Urquinaona o en el Viena de Carrer de Pelai… Así dejo de ser fumador pasivo, pero así no hago un favor a mi dieta. Esto que voy a decir sonará muy sensacionalista, pero por culpa de los fumadores, yo me engordo. Ala, dicho está.
Es por eso que hoy me ha alegrado este artículo de opinión de Pau Arenós, publicado en El Periódico de Catalunya de hoy (21/12/2009). Coincido bastante de fondo, aunque no con las formas. De todas formas, me alegra saber que hay gente que piensa más o menos lo mismo que yo.
Siete x siete (Pau Arenós)
Por fin dejarán de ahumarnos en los bares
Tres días después de haber comido en un restaurante en el que permiten fumar, el abrigo huele a industria carbonera del siglo XIX. Animalillo: la prenda, mustia en la percha, tose como un minero jubilado y escupe flemas negras igual que un deshollinador de aquel Londres en niebla. Deseo como regalo de año nuevo la prohibición absoluta de las fumarolas en los lugares públicos, en especial, en los restaurantes, asfixiado y harto de los ahumados no pedidos. Después de una ley chapucera que obligó a gastos innecesarios para separar a los comensales gasificados de los desgasados, por fin la norma total que no permitirá desenfundar cigarrillos a esta orilla del río Pecos.
El fumador dirá: «Pues come en sitios prohibicionistas». A lo que argumentaré dos cosas. Uno: en la mayoría de establecimientos populares permiten el alquitrán como si fuera un plato más del menú, así que hay poco donde elegir. Y dos: cuando en un grupo varios individuos son fumadores sucede lo mismo que cuando conversan catalanohablantes y aquellos castellanoparlantes capaces de entender la lengua de Pep Guardiola. Los que ceden son…
Escucho la protesta de los propietarios de bares y restaurantes y comprendo el temor a la estampida, a perder parroquia, aunque no sé por qué tendría que suceder la calamidad: si en ningún sitio pueden encender un pitillo, ¿se encerrarán en casa a encadenar paquete tras paquete hasta el ahogo y el cáncer de pulmón? En algún momento del sahumerio suicida se verán obligados a salir, respirar oxígeno y volver a frecuentar cafés, cruasanes y macarrones.
Asimismo, los currantes fumigados, sobre todo los camareros, podrán guardar en el arcón la máscara antigás de la segunda guerra mundial, o aquellas mascarillas de quirófano que compramos enloquecidos cuando pensábamos que la gripe A iba a ser la gripe Z, o sea, la última de nuestras vidas.
Comer al fin en sitios con buena visibilidad. Ver al de enfrente disipada la bruma. Tomar croquetas libres de ceniza. Liberar el pulmón de plomo. Regresar a casa sin cargar con un fantasma de humo.













